Kenzo Takada llegó a París en 1964 sin hablar francés, con veinte dólares y una visión del color que la ciudad aún no conocía. Lo que construyó fue un diálogo entre Oriente y Occidente que cambió el vocabulario de la moda. Hoy, la casa continúa esa conversación: viva, cromática, sin miedo a la alegría.